Cuatro murales construidos a partir de 1.664 colores organizados en mosaicos dan forma a este proyecto. Dos reproducen imágenes instaladas en la memoria visual del conflicto armado colombiano; los otros dos reorganizan esos mismos colores para construir configuraciones cercanas al paisaje.
Las imágenes de partida pertenecen a momentos emblemáticos de la guerra. Una corresponde a la fotografía producida por el Ministerio de Defensa en 2010 tras la muerte de alias Mono Jojoy durante la Operación Sodoma y la otra, al video publicado por las FARC en 2007 en el que Ingrid Betancourt es exhibida durante su secuestro. Aunque surgieron desde posiciones enfrentadas, ambas hicieron parte de un mismo ecosistema de agresión visual, circulando como signos de victoria simbólica dentro de la disputa política y militar que durante décadas ha definido el relato del país.
Esta aproximación a la iconografía ocupa un lugar central en la práctica de Juan David Laserna, cuyo trabajo explora la capacidad de las imágenes para producir narrativas y configurar nuestra comprensión moral de la realidad. En esta ocasión, su atención se dirige hacia los mecanismos mediante los cuales adquieren autoridad, movilizan afectos y contribuyen a determinar quién ocupa el lugar del enemigo. Laserna sitúa estas imágenes en un punto crítico de reconocimiento, entre la protección del cuerpo social y la censura. Un umbral en el que aún pueden identificarse, pero están a punto de disolverse en un campo abstracto de color, haciendo visible cómo una misma materia, al cambiar de posición y de contexto, puede producir sentidos y relatos radicalmente distintos.
EL CÍRCULO CROMÁTICO toma su nombre de un sistema de organización del color en el que cada tono adquiere sentido en relación con los demás. La exposición propone una lógica semejante. Pone en relación imágenes instaladas en nuestro imaginario y examina los marcos desde los que las interpretamos. Sin establecer equivalencias entre los actores del conflicto ni borrar sus diferencias, la obra desplaza la atención hacia las estructuras y relatos que organizan nuestra lectura de la violencia y contribuyen a legitimarla o condenarla. Al suspender momentáneamente los significados fijados en estas imágenes, Laserna abre un espacio para observar su papel en la construcción de nuestras convicciones frente a la guerra.
- Daniela Marín AristizábalCuatro murales construidos a partir de 1.664 colores organizados en mosaicos dan forma a este proyecto. Dos reproducen imágenes instaladas en la memoria visual del conflicto armado colombiano; los otros dos reorganizan esos mismos colores para construir configuraciones cercanas al paisaje.
Las imágenes de partida pertenecen a momentos emblemáticos de la guerra. Una corresponde a la fotografía producida por el Ministerio de Defensa en 2010 tras la muerte de alias Mono Jojoy durante la Operación Sodoma y la otra, al video publicado por las FARC en 2007 en el que Ingrid Betancourt es exhibida durante su secuestro. Aunque surgieron desde posiciones enfrentadas, ambas hicieron parte de un mismo ecosistema de agresión visual, circulando como signos de victoria simbólica dentro de la disputa política y militar que durante décadas ha definido el relato del país.
Esta aproximación a la iconografía ocupa un lugar central en la práctica de Juan David Laserna, cuyo trabajo explora la capacidad de las imágenes para producir narrativas y configurar nuestra comprensión moral de la realidad. En esta ocasión, su atención se dirige hacia los mecanismos mediante los cuales adquieren autoridad, movilizan afectos y contribuyen a determinar quién ocupa el lugar del enemigo. Laserna sitúa estas imágenes en un punto crítico de reconocimiento, entre la protección del cuerpo social y la censura. Un umbral en el que aún pueden identificarse, pero están a punto de disolverse en un campo abstracto de color, haciendo visible cómo una misma materia, al cambiar de posición y de contexto, puede producir sentidos y relatos radicalmente distintos.
EL CÍRCULO CROMÁTICO toma su nombre de un sistema de organización del color en el que cada tono adquiere sentido en relación con los demás. La exposición propone una lógica semejante. Pone en relación imágenes instaladas en nuestro imaginario y examina los marcos desde los que las interpretamos. Sin establecer equivalencias entre los actores del conflicto ni borrar sus diferencias, la obra desplaza la atención hacia las estructuras y relatos que organizan nuestra lectura de la violencia y contribuyen a legitimarla o condenarla. Al suspender momentáneamente los significados fijados en estas imágenes, Laserna abre un espacio para observar su papel en la construcción de nuestras convicciones frente a la guerra.
- Daniela Marín Aristizábal